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Se deteriora la armonía social en Chiriguaná

Se deteriora la armonía social en Chiriguaná.

Hasta hace poco tiempo, en Chiriguaná a los mayores les llamábamos tíos y entre contemporáneos primos. Entre los adultos, vecinos y allegados se trocaban los compadres y las comadres. Cualquier mayor era una figura de respeto para los jóvenes, los Maestros tenían autoridad sobre sus discípulos en cualquier parte. Un acto obsceno era un pecado que nos avergonzaba por mucho tiempo y una falta de respeto era una afrenta irreparable.

Algunas muertes de conocidos nos han dejado marcado para siempre, como esas que guardas en la memoria, que no dejamos de recordar por inesperadas, inútiles, injustas y producto de la imprudencia del maldito machismo que dio al traste con una vida que dejó una profunda huella de dolor entre familiares, amigos y conocidos. Ni que decir de la época del movimiento paramilitar y aquellas en que, por el simple pecado de andar detrás de un conejo, por ejemplo, que huyendo se internaba en una finca cercana, aparecían muertos, como la evidencia de que el paramilitarismo siempre ha estado ahí.

Todas estas tragedias nos han marcado, pero vivíamos con la esperanza de que no se repitieran. Es lamentable que, ahora que la oferta educativa avanzado y la formación profesional está al alcance de todos estamos ante casos aberrantes de descomposición, talvez, por el auge de las adicciones, el microtráfico, la prostitución galopante, la perdida de autoridad de los padres, el libertinaje de los jóvenes y la falta de compromiso de los docentes, entre otros agravantes.

No hay duda de que estamos ante un alarmante fenómeno de descomposición social, que cada día nos sacude con nuevas tragedias a las que no estábamos acostumbrados y golpeándonos a todos porque aún Chiriguaná, aunque haya crecido un poco, no deja de ser un pueblo pequeño.

Hace poco hemo sido sacudidos por la muerte prematura de José Alejandro Pérez de la Rosa, asesinado en una calentura de muchachos en noviembre de 2025, cuando esperábamos amanecer para contar las alegrías que nos había dejado la celebración de los 75 años de existencia de nuestro Conalchi.

Luego de otros sucesos que sería difícil contabilizar, un violento hecho de sangre conmocionó la tarde de este domingo 3 de mayo al municipio de Chiriguaná, Cesar. En el interior de la cantina ‘Mi hermano y yo’, ubicada en el barrio ‘La Unión’, Jesualdo Vides Jiménez, de 31 años, fue atacado por un sujeto que, sin mediar palabra, lo degolló con un arma blanca frente a un grupo de personas. La herida en el cuello le afectó la arteria yugular, causándole la muerte de forma inmediata.  

Esto, sin que importen los motivos, son hechos que nos sacuden y nos hacen añorar aquellos tiempos en que las agresiones no pasaban de los sobrenombres y algunas trompadas, cuya enemistad no pasaba del día siguiente. En este tiempo si estábamos dispuestos a perdonar la ofensa recibida y a buscar el reconcilio, alrededor de una viuda de pescao y una botella de ron caña.       

Estamos ante una franca descomposición social o el proceso de desgaste y ruptura de los vínculos, valores e instituciones que mantenían unida a nuestra comunidad. No es un evento repentino, sino una degradación progresiva donde las normas de convivencia están perdiendo su fuerza y la confianza entre los ciudadanos se está desvaneciendo.

Este fenómeno suele ser el resultado de múltiples crisis acumuladas que afectan la estructura del tejido social:

Por la Pérdida de valores, se normalizan conductas como la corrupción, la falta de empatía o la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.

La Desigualdad extrema que se materializa en la falta de oportunidades y la exclusión que generan frustración, lo que a menudo deriva en violencia o criminalidad.

El Debilitamiento institucional, síntoma de un Estado que no garantiza seguridad, educación o salud y los ciudadanos dejan de confiar en el sistema.

El Individualismo radical que se manifiesta en el auge del “cada uno por su cuenta” o lo que aquí se definió con el dicho aquel de que “cada perro que se lama su nudo”, lo que rompe la solidaridad y la responsabilidad colectiva.

Ojalá que lo que nos está pasando sean solo los síntomas de una sociedad que empieza a colapsar, que por lo claro seamos capaces de detener.

No podemos llegar a la encrucijada de normalización de la violencia, donde las agresiones y delitos se vuelvan parte de la rutina cotidiana.

No permitamos que nuestra sociedad se fragmente con la creación de “islas sociales” donde nos tengamos que aislar por miedo o privilegio y tengamos que vivir armados ante la desconfianza entre el uno y el otro.  

No toleremos las conductas antisociales que deterioro del respeto a los mayores, a los profesores, a los espacios públicos y a la convivencia básica.

Que no se vuelva pandemia, entre nosotros, la crisis de salud mental, por el aumento de la soledad, el aislamiento y la depresión en la población.

No nos quedemos de brazos cruzados y “llorando sobre la leche derramada”. Ataquemos la descomposición social. Pongamos en práctica el precepto de que, “la sociedad unida es la herramienta más efectiva para enfrentar la descomposición social. La fragmentación del tejido social, caracterizada por la pérdida de valores, la violencia y el individualismo, puede revertirse mediante la cohesión y la acción colectiva”.

Tengamos en cuenta que la unidad comienza en el núcleo familiar y se extiende a la comunidad, fomentando la convivencia y la solidaridad.

Es crucial retomar la enseñanza de valores, principios y civismo tanto en el hogar como en las escuelas para contrarrestar la violencia y la descomposición moral.

Unámonos para Vencer el aislamiento y la cultura del “individuo encerrado en sí mismo”. Es necesario trabajar para restaurar la armonía y el respeto a la dignidad ajena.

Alimentemos la Participación y Conciencia Ciudadana, donde la sociedad organizada debe trabajar para cambiar la conciencia colectiva, promoviendo la empatía y la responsabilidad compartida.

Debemos trabajar para construir una sociedad unida que requiere inclusión, capital social y movilidad social, elementos que actúan como antídotos contra la exclusión.

La descomposición social, reflejada en fenómenos como la falta de oportunidades y la violencia, encuentra su antídoto en una ciudadanía activa que defiende principios comunes y se involucra en la reconstrucción de sus entornos.

La descomposición social es un elemento que debe generar una propuesta creativa de los que aspiran a gobernar nuestro municipio y ojalá pudiéramos llegar a ser modelo por la iniciativa para vencer la violencia, la inseguridad, la injusticia y la exclusión y no por el interés desmedido de echarle mano a los recursos públicos, que es una forma de generar la violencia que se incuba por la desigualdad social.

Que nuestras autoridades entiendan que “Erradicar la desigualdad social y la violencia requiere soluciones audaces que trasciendan los enfoques tradicionales”.

Hagamos algo y no nos acostumbremos a una sociedad donde las reglas ya no son claras o no se respetan, dejando a los individuos sin una guía ética común.

Podemos empezar por Implementar los 10 mandamientos de la ley de Dios que en una época tuvimos como “pilares fundamentales para la armonía social y la convivencia, ya que proporcionan un marco ético universal que fomentan el respeto, la justicia y el amor al prójimo. Actúan como reglas de conducta esenciales que ordenan la vida en comunidad y protegen los derechos fundamentales de las personas”.

Soñar con un futuro mejor no garantiza que se cumpla, pero tener esperanzas actúa como un motor que da energía y potencia. No basta con imaginar; hay que trabajar en los sueños todos los días. El futuro se construye con el sacrificio y el esfuerzo diario.

Estamos tirando a la caneca de la basura la esperanza del Maestro Juan Mejía Gómez que, en su libro “Chiriguaná, ayer, hoy y mañana”, soñaba con un futuro mejor.

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