En la sociedad capitalista, toda Agremiación o Institución es una pirámide

Por: Juan Cataño Bracho

Un fuerte enfrentamiento en el gremio de periodistas de Valledupar, del cual hago parte, me permitió analizar la sociedad capitalista y sus diversas instituciones, organizaciones, agremiaciones, clubes, congregaciones, grupos, partidos, entre otras; y considero oportuno hacer pública la percepción que la mayoría de los colombianos tenemos sobre la manera en que funcionan nuestras organizaciones, cuyo manejo, según sea el caso, rechazamos o defendemos; y es de ahí de donde nace la opinión sobre la “rosca” sobre lo cual admitimos que “la rosca no es mala, lo malo es no estar en ella”, porque, según Carlos Marx, hacemos parte del Sistema Capitalista y en este “la conducta del hombre está determinada por el conjunto de los factores económicos que constituyen el capital”. Hacia allá tiende nuestro interés gremial, a satisfacer nuestras necesidades del capital.   

En el sistema capitalista, la agremiación y/o la institución perdió el objetivo de cooperación, con lo que se ha dado al traste con ese largo proceso histórico en el cual el hombre había demostrado su espíritu asociativo y solidario, generando diversas formas de organización social y económica que, teniendo como base la cooperación, perseguía la realización de la justicia y la igualdad a través de la acción económica y la promoción humana.

Hoy se ha desvirtuado el interés original de los gremios que, surgieron en Europa, con el objetivo de obtener protección y ayuda mutuas, interés con el que  florecieron en todo el mundo, entre ellas las agremiaciones de periodistas. Pero, por obra y gracia del capitalismo salvaje que nos ha impuesto la lucha del hombre por el hombre, la necesidad de ganancia; la inmensa mayoría han degenerado en pirámides en donde el grueso de sus afiliados deciden voluntariamente escoger una Junta Directiva que, por el instinto humano a la sobrevivencia y a pasarlo lo mejor posible, no administran justicia, equidad, ni la solidaridad; pues, ante las oportunidades y el interés de ganancia que marca la desigualdad, los privilegios no alcanzan a llegar a las bases. No llegan a las bases, porque los directivos son seres humanos con las mismas necesidades del resto de los afiliados y por lo tanto los recursos solo circulan, filtrados, después que sus directivos han tomado para sí la mejor parte o se sirven primero sus bondades, pues: “El que parte y  recomprarte, siempre al partir tiene tino y así toma de continuo, para sí la mejor parte”, rezaba un antiquísimo dicho popular.

Pero en esta sociedad de consumo, salvaje y de múltiples necesidades insatisfechas, donde todos aspiramos salir de la montonera de la miseria; ¿De quién se puede esperar, que reparta entre todos lo que tiene la oportunidad de usar para sí mismo o entre su Círculo Cerrado y Mezquino? Sobre todo en agremiaciones que administran necesidades y en donde las oportunidades llegan de vez en cuando por la falta de creatividad de sus directivos y otras a las que, como las agremiaciones periodísticas, sus detractores, “amigos” encubiertos, no están interesados en fortalecer porque además del poder de la palabra tendríamos el bienestar que nos haría más independientes y menos manipulables.

Hay una constante en las agremiaciones colombianas, que se evidencia en la insatisfacción de sus bases, como lo que solemos ver el bienestar de quienes las presiden como fruto de las posiciones de privilegio de los directivos de aquellas que tienen mayor poder de aportes y por ser de renglones de mayor producción, manejadas de manera mezquina, a pesar que sus jerarquías derivan el poder de la decisión de las mayorías que les eligen con la ilusión de obtener beneficios comunes. Pero esta idea también afecta a aquellas cuyos ingresos no alcanzan para resolver las necesidades de sus agremiados, ya que nada se alcanza a recolectar, ni siquiera por sostenimiento, pues el nivel de beneficio para sus afiliados no motiva los aportes; pero que si se pueden convertir en canalizadores del aporte del Estado, que no permiten que lleguen hasta sus bases.

Sin embargo no escapan a la sospecha de que sus directivos las manejan de manera piramidal y que “el manejo de los pocos o muchos recursos y la toma de decisiones están centralizados en un pequeño grupo de personas”, que se apoyan en un grupo de socios, que actúan como “apóstoles”, áulicos que se prestan para replicar sus discursos y hacen quórum en beneficio de la Directiva de turno, que se cuida de hacer circular invitaciones a quienes consideran, tal vez, se podrían oponer a sus mezquinos intereses. Pero ni quienes ejercen oposición están interesados en desmontar este tipo de entramados sociales, sino que aspiran a hacer parte de sus directivas, juntas, consejos u jerarquías.   

De lo anterior, inferimos que nuestras agremiaciones o instituciones existen en dirección a lo expresado por Barquín, para quien “El ejercicio del poder se plantea como el aprovechamiento de condiciones particulares por un actor para tratar de alcanzar metas, resolver problemas y necesidades, con la concurrencia -voluntaria o no- de otro actor”. Este ambiente constituye el lugar común en las agremiaciones o instituciones y que, con algunos ejemplos, se puede demostrar la razón de ser del interés legitimo en algunos casos, pues el que lo hace “bien” debe continuar  y, casi todos los directivos, suelen intentar perpetuarse en sus círculos  de poder, para lo que se han ideado singulares formas de reelección, algunas flagrantemente escandalosos, en las que muchos logran hasta pensionarse, para lo cual han filtrado los sistemas y las organismos de elección y control.

Pero, a pesar de lo anterior y aunque con pocas excepciones,  estar agremiado es la mejor oportunidad de bienestar para cualquier persona, profesional y/o trabajador; aunque las bases mantengan la necesidad de depurar los gremios o instituciones de seres egoístas, que se escudan bajo las fachadas de las juntas directivas, como trampolín para ejecutar sus aberraciones, apoyados en pequeños círculos y rebaños de ignorantes, o advenedizos con deseos de privilegios; pecados que todos estamos en riesgo de cometer, porque el maldito capitalismo nos empuja hacia el abismo donde se descubre que “el hombre es un lobo para el hombre”, expresado por Hobbes, por la que reconocemos que, en el sistema capitalista,  los hombres no nacemos corruptos sino que nos hacemos. Pero si es honesto reconocer que En la sociedad capitalista, toda agremiación o institución es una pirámide.

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