Por: Juan Cataño Bracho

Angustiado por la desazón que me producen las “inversiones sociales” fallidas en nuestra comunidad, lo que hoy conocemos como “elefantes blancos”, me puse a la tarea de indagar sobre los principios de la planeación, una proposición que se formula para que sirva de guía a la acción, y allí encontré el origen de esos gastos que, en muchos casos, han aplazado la satisfacción de nuestras reales necesidades sociales y además han dejado en evidencia muchas cosas, que teniendo como fundamentos esos principios, hablan de la carencia de un espíritu de Estado y donde se nota que ha primado más el individualismo del político que tuvo “la suerte” de usufructuar el poder, con lo cual, antes que aportarle a su memoria, le aportó a su egoísmo. Porque cuando revisamos los factores que no permitieron que dichas obras lograran el “fin social” con el cual fueron “proyectadas” encontramos que, Aunque no hay dos empresas que sean idénticas, hay ciertos principios comunes a todas ellas y que, por la naturaleza de las obras, es obvio que su aplicación tiene que variar por necesidad, para ajustarlos a las circunstancias individuales. En todas las obras que terminaron convertidas en “elefantes blancos” encontramos que evidencian que chocaron con los siguientes factores de planeación objetiva:

La planeación de dichas obras no estimó la suficiente cantidad de factores como tiempo, personal, materia, presupuesto etc. de tal manera que al desarrollar el plan fuera suficiente y por lo tanto no se tuvo en cuenta “el Principio de la universalidad”.

Al parecer los planes que pusieron en marcha esas obras  no contemplaron unos objetivos que pudieran lograrse y tampoco los recursos necesarios para alcanzarlos, por lo tanto en su planeación no se tuvo en cuenta el “Principio de racionalidad”.

El tiempo y los resultados dejaron en evidencia que dichos  planes se hicieron sobre afirmaciones vagas y genéricas, sin la mayor precisión posible y que no estaban regidas en acciones concretas, por lo tanto no se tuvo en cuenta “El Principio de la Precisión”. Por lo tanto su ejecución quedó convertida en un juego de azar, en una aventura, lo cual quedó demostrado con la evidencia de que los medios que se consideraron fueron totalmente ineficaces. No desconocemos que “siempre habrá algo que no podrá planearse en los detalles, pero cuando mejor se fijen los planes, será menor ese campo de lo imprevisto”. Las obras deben acometerse sobre el entendido de que “dichos planes constituyen un sólido esqueleto sobre el que pueden calcularse las adaptaciones futuras”.

El hecho de que dichas obras no se hayan podido concluir y que sencillamente se hay dejado perder el recurso “invertido” deja claro que dichas obras no fueron planeadas dejando margen para los cambios que surgieran de estas y que pudieran preverse  aunque las circunstancias que hubieran variado; dado que es lógico que, aunque hay cosas que tienen una dirección básica, permiten pequeñas adaptaciones momentáneas y, aún así, conservan su dirección inicial, por lo tanto no se tuvo en cuenta por lo tanto no tuvieron en cuenta el Principio de la Flexibilidad, porque todo plan, por muy preciso que se pretenda, debe prever algunos cambios que pueden ocurrir.

Si en el Estado colombiano existiera el concepto de unidad de planeación coordinados e integrados, y no ensayáramos con cada gobierno un modelo nuevo,  no hubieran quedado en evidencia que los planes de desarrollo no establecen conexiones para que se hubieran podido evitar las contradicciones con lo que se hubiera podido continuar los planes que fueron contemplados inicialmente y llevar las obras a feliz término. Pero  como nuestro “Estado” no permite la consideración de Unidad de Dirección que impone a quienes administran los recursos del Estado la conveniencia y necesidad de cooperar en su formación y mantenimiento.

El hecho de que dichas obras hayan terminado convertidas en “elefantes blancos” deja en evidencia de que lo que se “planeo” no era realizable y por lo tanto lo ejecutado quedó siendo inoperante, ya sea porque los planes se acometieron con expectativas demasiado ambiciosos u optimistas que terminaron convertidos en imposibles de lograrse; porque según El principio de factibilidad, la planeación debe adaptarse a la realidad y a las condiciones objetivas que actúan en el medio ambiente en el que se vaya a desarrollar la obra.

Queda en evidencia que la planeación de dichas obras no estimó un periodo futuro en el que sería necesario una serie de acciones  que permitieran cumplir los compromisos adquiridos con dicha  decisión, por lo tanto no se tuvo en cuenta El principio de compromiso que indica que la planeación a largo plazo asegura que los compromisos de la institucionalidad encajen en el futuro, quedando tiempo para adaptar mejor sus objetivos y políticas a los cambios imprevistos.

El fracaso de dichos proyectos deja en evidencia que quienes hicieron dicha planeación no eran administradores suficientemente habilitados para detectar los factores que podrían limitar o a frenar el alcance de los objetivos perseguidos por la administración que los “planeo”, dejando dudas sobre el concepto que manejaban sobre el Principio de factor limitante, que habla sobre la importancia de la objetividad al momento de escoger entre las diversas alternativas para llegar al fin que se persigue.

Si luego de votar a la cesta de la basura tantos recursos que no llegaron a satisfacer las necesidades que pretendían remediar, en una comunidad tan necesitada de ellos, deja la evidencia que la programación que se ejecutó no era la que necesitaba y por lo tanto dicha administración incurrió en prevaricato, porque el Estado debe planificar la forma de alcanzar sus objetivos, fijando siempre metas mediatas o inmediatas, faltando así al Principio de inherencia que aconseja planificar con eficiencia para obtener la posibilidad de ofrecer respuestas oportunas a los necesidades sociales, que con estos “elefantes blancos” siguen aplazadas.

El hecho de que se acometan obras que no obedecen a las necesidades apremiantes de las comunidades deja en evidencia de que dichas obras no se concibieron con la participación de las todas las personas que debían estructurarlas o que se verían relacionadas de alguna manera con su funcionamiento. Ningún gobernante debe olvidar, con sus nociones básicas de planeación, que el trabajo en grupo asegura mayor objetividad y eficiencia en los resultados, puesto que queda enriquecido con la diversidad de puntos de vista. Los administradores de lo público, principalmente, no deben desconocer que la participación social o el trabajo en equipo constituye una de las mayores motivaciones para realizar una obra, ya que la participación social genera un mayor grado de compromiso que redundan en el cuidado y la conservación de la obra por el sentido de pertenencia que le transfiere. Cuando las obras no tienen en cuenta estos fundamentos se puede afirmar que desconocieron El Principio de Participación. Este principio suele ser comúnmente ignorado en las decisiones de final de gobierno y termina la gente topándose con una cantidad de obras innecesarias, inconsultas y, por lo tanto, poco o nada socializadas.     

En definitiva, los “elefantes blancos”, cuando son proyectos cuya continuación es inviable, tienen su origen en la avaricia y no el altruismo, en la falta de unanimidad del Estado, en la falta de responsabilidad, en el egoísmo y no la misericordia, en inmediatez del político y no la madurez del estadista, en el interés de la persona y no del interés común, en el ejercicio del poder y no en la capacidad de amar del gobernante, en el espejismo de la supuesta necesidad y no la realidad de la conveniencia, en el interés de ganancia de quien las ordena y no en provecho social o en el provecho propio que genera dicho gasto más que en el provecho público que generaría una buena inversión.

Pero, lamentablemente, los “elefantes blancos” en nuestra sociedad entrañan la corrupción que es un fenómeno social que no podrá erradicarse mientras existan personas egoístas y avaras,  dispuestas a inmolarse con tal de proteger la integridad de quienes, buscando provecho personal, orquestan los actos de corrupción. Claro que si quienes suceden a los gobernantes, cuyas obras quedaron a mitad de camino, pero que consideraron los principios que las pueden mantener en ejecución para lograr su objetivo: omiten seguir su ejecución deben ser investigadas y condenadas por éste delito.