Por: Juan Cataño Bracho*

El hombre es producto de su época y yo vengo de una época en que a las agrupaciones vallenatas les pagaban por grabar sus discos, los que salían al mercado anualmente. Por eso constituían un acontecimiento muy esperado. Por lo tanto el que pagaba ponía las condiciones en cuanto a calidad y las casas disqueras firmaban exclusividades con los artistas, como se acostumbra hoy con los equipos de fútbol: firmaban contrato. Claro porque era una época en la que los consumidores, a través de la adquisición del producto, emitían su concepto sobre la calidad de lo que deseaban consumir.  Así fue como se fue depurando en contenido de los discos, en cuanto a compositores e intérpretes.

En esa época “se pudo establecer una escala de calidad” en los que florecieron Luis Enrique Martínez, Alfredo Gutiérrez, Colacho Mendoza, Abel Antonio Villa, Alejandro Durán, Los Playoneros del Cesar, Los Cañaguateros, Los Hermanos López, Los Hermanos Zuleta, Jorge Oñate, Diomedes Díaz, El Binomio de Oro, Beto Zabaleta, Los Hermanos Meriño, Elías Rosado, Silvio Brito, El Doble Poder, entre los intérpretes. Tobías Enrique Pumarejo, Rafael Escalona, Leandro Díaz, Gustavo Gutiérrez, Fredy Molina, Armando Zabaleta, Calixto Ochoa, Rafael Gutiérrez Céspedes, Alonso Fernández Oñate, “Chente” Munive, Sergio Moya Molina, Máximo Movíl, Hernando Marín, Edilberto Daza, José Hernández Maestre. Posteriormente, Rosendo Romero, Roberto Calderón, Fernando Meneses, Rafael Manjarrez, Marciano Martínez, Fabián Corrales, “Chiche” Maestre, y otros que aunque dejaron obras de gran calidad, como Miromel Mendoza, no fueron muy prolíficos. Esto en cuanto a los autores.

Considero que, por efectos de costos se tenía, que elegir lo mejor de lo mejor para hacer parte de una producción musical. Y fue así como crecieron en popularidad y consideración un ramillete de maestros que hoy son paradigma de la cultura musical vallenata y se estableció una sana competencia que favoreció la calidad del género musical vallenato, de donde surgieron los llamados clásicos del vallenato. Pero hoy parece ser que para figurar en el competitivo mundo del arte musical vallenato en es sólo cuestión de capacidad adquisitiva para acceder a los estudios de grabación.

Es natural que en todas las épocas de la cultura, y como en todo lo concerniente a la producción humana, han existido las diferencias de calidad. Así como los mecanismos de regulación para evitar que la mediocridad se cuele entre lo más granado de la cultura, porque es fácil distinguirlo. “Los genios por algo son genios y no todos tienen esa creatividad para expresar una idea, aunque hay demasiada gente talentosa y es evidente al momento de escucharlos”.

Por eso, en la época en comento, muchos personajes con pretensiones de intérpretes y autores se vieron frustrados ya que las condiciones del momento proscribían sus capacidades, además que los instrumentos de materialización de las inclinaciones artísticas no eran muy accesibles por el momento tecnológico o por costos de producción.

Sé que me expongo a la descalificación de mi opinión, porque  “la manera más fácil de rehusarse a una discusión o debate acerca de cuál música es basura y cuál no, es diciendo que el gusto es relativo y depende de cada persona”. Acepto que el mundo ha ido cambiando, en cuanto a tecnologías y recursos, y el arte se ha visto invadido de tanta mediocridad como lo permiten los recursos económicos. Por eso hoy, cuando abundan los estudios de grabación y cualquiera funge como productor artístico y sin que medie la cualificación del recurso a través de la opinión pública, y el consumidor específicamente, la mediocridad ha encontrado en donde paladearse y todo aquel que pueda pagar sus caprichos, obnubilados por la enajenación artística y por el morbo de hacerse popular, o “dejar un testimonio de su paso por la vida”, osa grabar un disco sin que el pudor le impida poner a rodar su dignidad y hacer el ridículo.  Eso es respetable porque cada cual puede hacer de su vida lo que le venga en gana. “Aunque está bien creer en uno mismo y en lo que haces, a veces nos falta ser un poco más autocríticos” y cada uno debe hacer un esfuerzo en descubrir para lo que realmente sirve, para evitar incidir de manera negativa en campos que no son de su competencia.

A pesar de lo anterior, también soy de los que creen que “el gusto por el arte es de naturaleza subjetiva y que también puede llegar a regirse bajo ciertas premisas que están predeterminadas por factores económicos, sociales, históricos y religiosos de una época en particular. Una de las más comunes es la innovación y la belleza, si cumple estas dos se consideraría arte. Además lo bello se torna complejo de definir como el propio arte. Pero hay parámetros que nos pueden dar una idea de lo bello y lo útil. Así para santo Tomás de Aquino lo bello es lo agradable a la vista, como para los antiguos griegos todo lo que era bello es porque era útil y por lo tanto era bueno”.    

Mi opinión está referida a critica por lo que considero es un asalto a la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (SAYCO) que ha permitido que la mediocridad se cuele a la institución y la masificación de la mediocridad artística haga parte de lo que antes fue el selecto grupo de los mejores autores de Colombia. Personajes que por la calidad de sus obras trascendieron una época, afectaron una sociedad e identificaron una cultura; y se destacaron por la capacidad de matizar las expresiones, haciendo uso de aquellas que sin cambiarle el sentido a lo que se quería transmitir le suavizaban dándole un matiz poético sin que pierda el énfasis que se le quiso imprimir.

Aunque no alcanzo a precisar cuáles deben ser los requisitos para pertenecer a Sayco, lo que si se es que, por ética, no debe ser cuestión de cantidad, ya que  en una época el autor solo requería de una canción grabada para pertenecer a la Sociedad, sin que mediara la calidad y después fue elevándose la cantidad. Como tampoco creo que pase por solo conocer la estructura universal de la canción (Verso, Coro y Estribillo). Tampoco debe ser la capacidad de rimar versos versos sin que prime la belleza, el contexto y la estética. Pero si me atrevo a afirmar que un buen compositor de cantos vallenatos debe considerar para la concepción de su obra los elementos comunes a toda obra de arte, como son: la imaginación, la originalidad, la emoción, el asombro por la belleza, elementos teleológicos, elementos históricos, culturales, espaciales y temporales, además de sus condiciones innatas como se deduce de los más renombrados maestros.

Por lo anterior considero que no debiera ser cuestión de cantidad, ni de mecánica para la elaboración, sino de calidad, sin que importe la formación, como no se requirió de los juglares. Además se puede probar que hay autores que no necesitaron de muchas obras para convertirse en clásicos del vallenato, como el caso de Edgardo Maya con “Tu Privilegio”, y que otros, a pesar de haber producido muchos cantos, no han podido dar un clásico.     

Es increíble que ciertos mal llamado autores, cuyas obras solo pudieron registrarse en fonogramas, donde en una sola producción quien lo firma sea el autor de todos los temas, mediados por los recursos propios de quien pretende registrar su nombre en la nómina de compositores y el deseo de figurar, aunque carentes de competencias para el arte musical; hagan parte de la sociedad de autores y compositores de Colombia. No me atrevo a afirmar que este fenómeno tenga una explicación en los móviles del recaudo, porque ¿qué se puede recaudar de una “obra” que no suena o es poco popular?  Esto atenta contra la pureza del folclor. Tampoco me atrevo a afirmar que hoy es inexistente la especie de buenos autores de cantos Vallenatos. En últimas SAYCO sabrá a qué atenerse en cuanto a la calidad y cantidad de sus socios.

* Fundación Guardianes del Patrimonio