Por: Juan Cataño Bracho

La magnitud de la crisis de seguridad en Valledupar ha tocado su punto más alto, por lo tanto se requiere de medidas urgentes para superarla. Es hora de que reorientemos las estrategias para ponerle freno de manera radical a este fenómeno que nos está conminando a vivir presos en nuestros propios hogares.

De nada sirve que la administración de turno se detenga a revisar lo que pasó en administraciones anteriores, lo que se requiere es que el Actual alcalde asuma el reto de sentar un precedente en materia de seguridad, con respuestas creativas e inteligentes, que le permitan distinguirse de los demás y devolvernos la tranquilidad. No se trata de sacarle provecho a la situación en beneficio de la imagen del actual Alcalde, se trata de hacer efectiva la seguridad de los vallenatos.

Pero si bien es cierto que esperamos que la administración tome medidas radicales para que nos devuelva la confianza sobre las instituciones, especialmente las encargadas de nuestra seguridad; ha llegado la hora de que cada uno de los habitantes de Valledupar reflexionemos sobre lo que de nosotros ha incidido en la crisis de seguridad en la ciudad. No hay que olvidar que pecamos por acción, obra y omisión. Es posible que hayamos sido en algún momento de nuestra vida tolerantes, auxiliadores o causantes de los fenómenos de violencia que nos atormentan.

Seguramente, buscando en nuestro propio Yo, vamos a encontrarnos con que por falta de acción, por obra u omisión hemos contribuido a que: se instalen las bandas criminales en Valledupar como se sospecha contribuyó la construcción de la mal llamada “cárcel de Alta Seguridad”. Seguramente encontremos que nos hemos prestado, por nuestro anhelo de riquezas materiales, para que los dineros de dudosa procedencia entren a circular entre nosotros, con las redes que les ayudan, y con ello hemos contribuido a aumentar los recursos que se destinan a la empresa criminal. Seguramente nos hicimos los de “la vista gorda” con los arriendos de las armas, los expendios de drogas, las familias que hicieron del delito su forma de vida. Seguramente, fuimos complacientes con los delincuentes que pusieron a circular aquí los dineros frutos de los delitos cometidos en otros lugares y por todo concepto, convirtiéndonos primero en blanqueadores morales, luego en cómplices y después en delincuentes. Seguramente en nuestro afán por alcanzar el poder permitimos que a nuestras campañas ingresaran bandas criminales, en sus diversas formas, y luego quedamos atrapados de sus condiciones. Seguramente, que por nuestro interés desmedido de acumular riquezas materiales, hemos dejado sin otra opción que el delito a muchas familias que además con el paso del tiempo han llegado a creer que la extorsión, el contrabando, el narcotráfico, la corrupción, la subversión, el paramilitarismo, la prostitución, el mototaxismo, etc., son formas licitas de sobrevivir.  

Señor Alcalde promueva usted la intolerancia contra el delito: No más complacencia con la delincuencia. Hay que ponerle freno a las diversas formas que tienen los delincuentes de tomar posiciones de privilegios de manera impune en Valledupar, en donde de manera sutil blanquean sus capitales amparados en el señuelo de que han contribuido al desarrollo de la ciudad. Ya basta de las mismas conclusiones de los “Consejos de Seguridad”: Aumentos del pie de fuerza, más armas y más vehículos para la policía y ejército, etc., donde pareciera quedar en evidencia el don de mando de militares y policías que imponen su voluntad a las autoridades civiles y la percepción de la ciudadanía, por la proclividad al delito de algunos miembros de la fuerza pública, que con dichas medidas se favorece más al delincuente que a la anhelada seguridad.

Exigimos más inteligencia, resultados efectivos y que Gobernador y Alcalde ejerzan como verdaderos comandantes de la fuerza pública. Pero debemos comprometernos a aceptar nuestras culpas y la inversión de nuestras energías contra la empresa criminal que, por nuestra complacencia y “provecho” se apoderó de Valledupar.  Permítanos creer señor Alcalde, al final de su mandato: que usted fue un Cristiano que se valió de la política y no otro Político que se valió del Cristianismo. Confiamos en que usted es un hombre bueno, pero esperamos que no haya sido otro bueno que se le entrega a los malos.